Los primeros cuatro años en la universidad, bien empleados, pueden dejar marcado a uno para toda la vida. Es esa etapa en donde uno va evolucionando y mejorando su pensamientos, continuamente madurando, aprendiendo de aquellos profesores que tienen esa aura de enciclopedias ambulantes y donde uno quisiera estar cobijados por su manto de su sabiduría.
Como muchos de los lectores que me siguen, yo fui un egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Puedo decir que mi etapa de universitario, en esos 5 años de formación, a diferencia de la Facultad de Derecho, me dejaron marcado con la yerra ardiente del conocimiento. Mi largas horas de investigación y aprendizaje en los ficheros de la Biblioteca Lázaro se los debo a profesores tales como: Marcelino Canino, José Francisco Cadilla, José Seguinot, Jorge Benítez, Edgardo Meléndez y Jesús Cambre Mariño. Ellos son los responsables de mi fascinación por pasar largas horas en una biblioteca investigando sobre historia y ciencias políticas; dimensiones desconocida por los tecnócratas.
Para el 1988 yo había cumplido con la mayoría de los requisitos de clases para graduarme de la Facultad de Ciencias Sociales, pero había algo que aún no completaba mi ciclo inicial de aprendizaje universitario. Había sido un liberal de clóset en la Facultad y no me sentía libre y no le daba rienda suelta a mi pensamiento y a mi interés primordial: la Historia. Todo el mundo en la Facultad me encajaba en una ideología y yo les seguía el juego; la Facultad de Sociales no me hizo sentir cómodo en mi desarrollo ideológico, a pesar de que mis profesores de Ciencias Políticas sí sabían que yo era un liberal empedernido. Por tal razón, mis últimos 3 semestres los pasé en Humanidades. Es aquí en donde tomé varios cursos de Historia y me sentía a gusto porque nadie me conocía.
Fue en Humanidades donde conocí a uno de mis autores favoritos. Ayer éste falleció y hace una semana había fallecido otro a quien le dediqué largas horas de lectura en Puerto Rico y en Argentina. Actualmente ambos deben de estar sentados en el Consejo Supremo de Investigadores y Escritores Emeritus del Universo: Eduardo Galeano (a quien conocí en sus Venas Abiertas de Latino América en una clase de María Pilar Arguelles) y Sir Raymond Carr (a quien conocí en un fichero en la Biblioteca Lázaro). Del primero no hablaré en este escrito porque requiere de mucha inspiración, del segundo, me embarga una pena increíble; lo conocí por casualidad de la vida para el 1988. Verá usted amigo lector, las cosas pasan porque la Fortuna de Maquiavelo así lo dispone y así pasó con Sir Raymond Carr.
Fue en la clase de Historia de España Contemporánea de Cambre Mariño en la Facultad de Humanidades. Casi al terminar el semestre, Cambre nos asignó como trabajo final el que preparamos una reseña de un libro sobre la historia de España entre el período de la Regencia de María Cristina hasta la Guerra Civil Española. Yo que nunca había hecho una reseña ni sabía cómo hacerlo, me di a la tarea de irme a la Sala de Revistas y leer reseñas de libros en el New York Times. Me di cuenta que los autores leían bastante para poder comentar sobre un libro. El tema que escogí para mi trabajo final era La Guerra Civil Española y sus postrimerías. Ya me había leído un libro sobre este tema y pensé que éste sería el libro de mi reseña; cuan equivocado estaba. Como no conocía mucho del tema de la Guerra Civil, sólo lo que Cambre nos había dado en sus conferencias, me di a la tarea de pasar largas horas en el fichero de la Lázaro buscando como tópico todos los libros sobre la España de esa época. Fue en esa búsqueda en donde encontré el libro de Juan Pablo Fusi y Raymond Carr: Spain: from Dictatorship to Democracy. Me chocó que el libro estuviera en inglés y redactado en conjunto con un inglés. Lo pedí en el Área de Circulación y comencé a leerlo de inmediato. Recuerdo que me lo leí en menos de una semana; esta era mi etapa en que perder el sueño no era un lujo sino una diversión, y más si leía sobre historia. Este libro fue para mí como una lapa o sanguijuela (leech), no lo podía soltar; muchos años más tarde compré en Amazon su versión en ingles y en español. Al final terminé reseñando éste libro y no el que había escogido al principio porque no me inspiró para escribir.
Raymond Carr fue para mí este fenómeno, que los lectores padecen, de verte obligado a buscar todos sus libros para tenerlos en tu biblioteca. Un historiador cuya narrativa no aburre y te inunda de datos e información que a veces abruma y en otras te detienes para respirar y tratar de asimilar todo ese conocimiento que se encuentra en las cientos de páginas escritas por él. Para el 1989 visité la tienda de Bell Book and Candle en el Viejo San Juan porque Manuel Cárdenas (quien es responsable que me leyera un montón de libros en los veranos del 1988-1989) me había dicho que ahí conseguiría uno sobre Puerto Rico escrito por él. Nuevamente, en mi afán de leer más de Raymond Carr me topé con Puerto Rico a Colonial Experiment, el libro que Cárdenas me recomendó. Actualmente este libro no se imprime y no es fácil conseguirlo.
Puerto Rico, A Colonial Experiment es mucho más voluminoso que el primero que leí, me tomó alrededor de un mes leerlo. Estaba lleno de detalles, notas de referencias, datos, fechas, descripciones, en fin, era un libro que decía cosas que nunca había escuchado. Una de mis partes preferidas fue la época del gobierno militar de EE UU en Puerto Rico y la evangelización protestante. Al estilo de un Ortega y Gasset, este libro cuenta con todas mis anotaciones, páginas subrayadas y referencias como si fuera un estudioso de la historia. Este es uno de los pocos libros que conservo de esta etapa por el significado que guarda en mí. Unos años más tarde, en una clase de escritura creativa en donde conté sobre este libro en un breve cuento que compuse girando en torno a mi encuentro ficticio con Raymond Carr en una conferencia en Londres, una maestra de escuela superior me pidió que se lo prestara y mi respuesta fue un rotundo No . Los libros son como las parejas, no se prestan; ergo los libros de Raymond Carr son esa pareja a la que celo a la saciedad.
Pasó un tiempo y las librerías de Puerto Rico no tenían tanto libros de Raymond Carr, incluso, la biblioteca Lázaro solo poseía otro libro de él sobre España escrito en 1966 el cual leí a medias por razones que ni recuerdo. Gracias a la tecnología y a la losprimeros cuatro años en la universidad, bien empleados, pueden dejar marcado a uno para toda la vida. Es esa etapa en donde uno va evolucionando y mejorando su pensamientos, continuamente madurando, aprendiendo de aquellos profesores que tienen esa aura de enciclopedias ambulantes y donde uno quisiera estar cobijados por su manto de su sabiduría.
Aun me quedan libros de Sir Raymond Carr por comprar y leer. Definitivamente su muerte a los 96 años deja una de mis empresas sin poder cumplir, conocerlo personalmente en una conferencia magistral sobre historia de España. Solo espero que en un momento dado de mi vida después de la muerte me permitan entrar al Consejo Supremo y escucharlo hablar sobre la República Española y preguntarle si en verdad Franco dejó todo bien atado como yo siempre he creído. Solo me resta agradecer a Sir Raymond Carr el haberme educado sobre la Guerra Civil y afianzarme más en mi pensamiento anti-monárquico.